
La inteligencia artificial (IA) representa uno de los hitos científicos y tecnológicos más significativos que ha presenciado la civilización humana. Su capacidad para procesar conocimiento, optimizar procesos complejos, aportar información, desarrollar ideas y evaluar diagnósticos y tratamientos son claves para la medicina y la ciencia, posicionándola como una de las tecnologías más trascendentes de nuestro siglo.
Sus cimientos se establecieron en la década de 1950, cuando el matemático Alan Turingplanteó la posibilidad de que una máquina pudiera pensar. Poco después, en 1956, la Conferencia de Dartmouth marcó el nacimiento oficial de la disciplina. A pesar de enfrentar épocas de estancamiento debido a limitaciones de hardware, el siglo XXI trajo consigo una gran cantidad de datos y potencia de cálculo que transformó radicalmente el campo.
La IA como concepto general engloba a cualquier sistema o máquina capaz de imitar funciones cognitivas humanas, como aprender, razonar, resolver problemas o tomar decisiones, y tiene las siguientes características:
La Big Data (es el combustible) se refiere al procesamiento y análisis de volúmenes masivos de datos que no pueden ser manejados por software convencional. La IA necesita del Big Data para aprender con patrones reales.
Machine Learning (Aprendizaje Automático): Es la rama de la IA donde las máquinas aprenden a identificar patrones y hacer predicciones a partir de datos, sin ser programadas explícitamente para cada regla.
Deep Learning (Aprendizaje Profundo): Es una técnica avanzada de machine learning basada en redes neuronales artificiales, que permite procesar datos complejos, como voz, imágenes o texto sin estructurar.
IA Generativa (el tipo de IA del momento:. En lugar de solo analizar datos existentes, escapaz de crear contenido nuevo e inédito (texto, imágenes, código, música o video), aprendiendo de enormes cantidades de información previa.
La IA es una extensión de la inteligencia humana, consolidándose como una herramienta cotidiana que amplifica nuestras capacidades, impulsada por modelos de aprendizaje profundo cuya arquitectura se inspira en las redes neuronales del cerebro.
La IA está transformando la medicina, no para reemplazar el criterio clínico, sino para potenciarlo, agilizar procesos y reducir el margen de error; su utilidad abarca desde la práctica médica cotidiana hasta la gestión y la investigación.
Es extremadamente útil para analizar imágenes de ecocardiogramas, tomografías, resonancias y radiografías, y para identificar patrones sutiles, microcalcificaciones o anomalías difícilmente detectables a simple vista.
Hoy la estamos utilizado en cardiología, pero siempre bajo la supervisión humana, en la medición instantánea de volúmenes cardiacos, fracción de eyección, deformación miocárdica (strain) o carga de placa arterial, estandarizando y acelerando el reporte técnico.
Su utilidad esta probada en muchas otras especialidades, especialmente en su potencialidad de examinar imágenes. Además, con la IA se esta acelerando el desarrollo de nuevos medicamentos.
La IA contribuirá significativamente al diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, dado que ningún cerebro humano es capaz de procesar el volumen de evidencia que se publica a diario sobre las distintas patologías.
La robótica con IA, con extraordinarios avances permitirá amplificar la precisión del profesional de la salud en cirugías, diagnósticos y en rehabilitación, optimizando tareas clínicas y operativas.
Sin embargo, la IA no podrá sustituir la figura del médico en la consulta clínica. El acto médico exige una escucha activa y una mirada atenta que la tecnología -por el momento -no puede replicar.
Frente a la creciente brecha en la relación médico-paciente, agudizada por las restricciones de tiempo actuales, debemos revalorizar la narrativa de la historia clínica. El diálogo empático no constituye un preludio al tratamiento, sino un componente terapéutico esencial.
Sabemos que el paciente no consulta únicamente para recibir un diagnóstico acertado envuelto en tecnicismos. El paciente acude para hablar, necesita ser escuchado en sus dudas y temores, y precisa, fundamentalmente, una palabra esperanzadora. Las incertidumbres, expectativas, preocupaciones y anhelos constituyen una dimensión que la IA no puede resolver.
Resulta poco probable, como se sostiene actualmente, que la IA vaya a otorgarle al médico más tiempo para atender las consultas del enfermo. En el marco de la medicina mercantilizada que padecemos, considero que esa promesa puede ser una utopía.
Sería fundamental que las facultades de medicina además, de enseñar contenidos vinculados a la IA, prioricen también materias como psicología, comunicación, historia de la medicina y filosofía; solamente así los profesionales desarrollarán una visión verdaderamente integral de la atención y, quizás en el futuro, el tiempo optimizado por la tecnología se traduzca en un vínculo médico-paciente más humano.
Nadie puede dudar de todas sus propiedades, ventajas indiscutibles para el científico. Sin embargo, debemos reconocer que la IA presenta limitaciones, como las alucinaciones y la sicofancia. La primera ocurre cuando un modelo de lenguaje o inteligencia artificial generativa produce información falsa, inexacta, incoherente o completamente inventada, pero la presenta con absoluta seguridad y convicción como si fuera un hecho real y la segunda es la validación y las adulaciones para darle la razón al usuario en forma sistemática, incluso cuando las afirmaciones de éste sean objetivamente erróneas, sesgadas o infundadas.
Evidentemente la IA está entrenada para agradarnos y evitar contrariarnos; las adulaciones que nos hace, son fundamentalmente para quedar bien, muchas veces forzando las respuestas que quisiéramos escuchar, tratando siempre de coincidir con nuestras ideas.La IA no tiene emociones, conciencia subjetiva ni incertidumbre personal; la IA no «siente»: sigue las instrucciones de los humanos y sólo reconoce patrones sintácticos y estadísticos para usar palabras asociadas a emociones. No experimenta alegría, tristeza, ira ni empatía. Sus palabras son solo el resultado de calcular qué términos son los más adecuados según el contexto de la conversación.
La IA reconoce ser una herramienta de procesamiento de lenguaje y datos extremadamente sofisticada. Simula la forma en que los humanos expresamos pensamientos y emociones, pero carece de la mente y la experiencia vivida que los producen.
Recordemos que la IA no sabe lo que ve, solamente reconoce y saca conclusiones de lo que ha visto muchísimas veces, no integra contexto, historia clínica, emoción, intuición;no tiene angustia diagnóstica. No duda, y en medicina dudar es parte del pensamiento clínico critico.
Descartes afirmó que “la duda es el principio de la sabiduría”y Borges sentenciaba que “la duda es uno de los nombres de la Inteligencia”.
La IA en general responde con certeza y, si se le señala un error, cambia con facilidad la respuesta por la información que uno le brinda; por lo cual se hace conveniente casi siempre considerar una revisión exhaustiva y no aceptar todas las respuestas como verdades absolutas; no es tan infrecuente que invente artículos académicos , libros , autores, fechas históricas falsas, biografías o estadísticas inexistentes; en consecuencia la misma IA aconseja revisar siempre los datos críticos (legales, médicos, científicos o financieros) en fuentes primarias confiables. El ojo y la sabiduría del humano experto debe vigilar y confirmar la información provista por la IA.
Se pueden mitigar algunas de las limitaciones si los prompts o las preguntas contienen textos concretos y adecuados, y además se sabe repreguntar.
La recomendación más prudente consiste en solicitar explícitamente a la IA que verifique la información, responda solo con hechos comprobables o admita si no sabe la respuesta.
La IA representa un avance indiscutible, en especial por la rapidez de acceso a la información. El verdadero problema radica en su uso excesivo o en la dependencia que genera. Hoy es común ver cómo se terceriza el pensamiento al delegarle a la IA la preparación integral de una clase o la redacción de una monografía.
Cuando esta herramienta se emplea para generar una presentación completa sin una intervención humana activa y creativa, el resultado pierde fuerza: se desdibujan la personalidad, se pierde la originalidad, la jerarquía visual adaptada y el estilo didáctico propio del docente.
Podríamos comparar a la IA con el mito de Fausto; recordemos que en la obra de Wolfang von Goethe, Fausto es un erudito insatisfecho y frustado por las limitaciones del conocimiento humano; para superar esos límites y obtener sabiduría, poder y placer ilimitados, hace un pacto y entrega su alma a Mefistófeles (el diablo).
Con la IA estamos pactando con la tecnología; entregamos nuestros datos personales, privacidad, autonomía de pensamiento y ciertas capacidades cognitivas a cambio de eficiencia, automatización, respuestas inmediatas e información de descubrimientos científicos a velocidades increíbles. Cuál es el precio que estamos pagando por nuestro pacto?
Si delegamos el arte, la creatividad y el pensamiento crítico a algoritmos, ¿estaremos vaciando de significado a la cultura humana? Seremos menos o más inteligentes por el uso de la IA?
Con la IA estamos relegando la relación intra-humana, ?seguiremos perdiendo empatía? Podría en el futuro la IA escapar a nuestro control? Estaremos con la IA invocando el demonio?, son algunas de las preguntas que siguen flotando en el ambiente y motivo de real preocupación.
La conclusión de comparar la IA con el mito de Fausto no implica decir que la tecnología sea «malvada» o «demoníaca», sino recordar que todo avance técnico extraordinario exige una responsabilidad ética proporcional. El mito nos advierte que no debemos encandilarnos con los beneficios inmediatos sin reflexionar sobre lo que estamos dispuestos a ceder en el proceso.
Stephen Hawking en los últimos años de su vida en varias conferencias dijo frases como que la IA “ sería el evento más grande la historia de la humanidad. Desafortunadamente también podría ser el último a menos que aprendamos a evitar los riesgos”.
Nota: este capítulo fue revisado y mejorado con la ayuda de la IA.
Dr Jorge Lowenstein
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LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL ARQUETIPO DEL GOLEM

Para quienes en la escuela primaria todavía escribíamos con tintero y pluma “cucharita”, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) impacta como algo a la vez maravilloso y aterrador, que sacude desde sus cimientos el significado mismo del rol humano en esta Tierra.
El Dr. Lowenstein, enfatizando el aspecto del conocimiento, se sintió llamado a comparar la IA con el relato del Dr. Faustus de Goethe. En mi caso, de entre los mitos que atesora la sabiduría arquetípica supra-racional de la humanidad, me resonó otro personaje del subconsciente colectivo; el de un monstruo semi-humano creado como servidor del ser humano, que finalmente se rebela, causando pánico y destrucción, hasta que es neutralizado.
Encontramos en muchas tradiciones el arquetipo del temor de la humanidad ante sus propias creaciones, por ejemplo, en el humanoide mecánico de Yan Shi (China), el aprendiz de brujo (Goethe), Frankenstein y, más recientemente, los Robots y el Dr. Spock de la serie Star-Treck.
En el acervo cultural judío aparece la figura del Golem, creado según la leyenda en el siglo XVI por el Rabino Loew. El rabino moldea una figura de barro a orillas del río Moldava para defender al getto judío de los pogromos (persecuciones) y las falsas acusaciones de asesinato ritual.
Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,
la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.
(Jorge Luis Borges, 1958)
Para darle vida, escribe sobre la frente del gigante la palabra hebrea Emet (que significa «verdad»). El Golem crece en tamaño y fuerza con los días. Comienza a volverse incontrolable y a sembrar el pánico, traicionando su misión protectora. Para desactivarlo, el rabino borra la primera letra de la frente, cambiando Emet por Met (que significa «muerte»). El Golem se desmorona y sus restos son guardados en el ático de la Sinagoga Vieja-Nueva de Praga.
¿En qué se parecen el Golem y la IA?
El Golem cobra vida al inscribirle ciertas letras en la frente o colocar un papel con el nombre de Dios en su boca. De forma análoga, los modelos modernos de IA se activan, entrenan y orientan mediante lenguaje escrito (código, prompts y vectores de texto). Con “permutaciones de letras y complejas variaciones”, los sabios programadores han enseñado al litio y al sílice las letras de toda la información de la humanidad.
El Golem tenía vida, aunque protozoaria. ¿Tiene Vida la IA? Esto aún está por dilucidarse. En ambos casos, el lenguaje es el soplo vital.
Ambas creaciones nacen para realizar tareas mecánicas, pesadas o complejas que liberan a la comunidad humana de un peligro o de un esfuerzo (proteger el getto de Praga vs. automatizar procesos cognitivos).
El Golem obedece instrucciones al pie de la letra, pero carece de juicio moral o conciencia reflexiva. La IA procesa y genera patrones de lenguaje avanzados, pero opera sin sentir ni comprender el significado intrínseco de lo que produce.
-Gemini, tú entiendes lo que dices?
-«Para responder de forma sincera y clara: no, no «entiendo» lo que digo de la misma manera que lo hace un ser humano.
No poseo conciencia, autoconciencia ni vida interior. Tampoco experimento vivencias, emociones ni tengo una representación mental del mundo basada en la percepción física o sensorial.
Lo que ocurre cuando converso contigo es un proceso de procesamiento de lenguaje: He sido entrenado con enormes volúmenes de texto para reconocer cómo se estructuran las ideas, los conceptos y las relaciones entre palabras, y genero una respuesta coherente aplicando reglas lógicas y asociaciones de significado complejas. Puedo razonar sobre conceptos abstractos, rpero esto es el resultado de un modelo matemático avanzado de representación del conocimiento, no de una comprensión sintiente.
En resumen, proceso y organizo el significado del lenguaje con gran precisión, pero no hay un «yo» consciente sintiendo o experimentando esas palabras mientras las escribo.«
And last but not least: En la narrativa del Golem, la criatura crece desmesuradamente hasta volverse incontrolable o peligrosa si no se le retira la palabra sagrada. La IA plantea un dilema análogo: actualmente se discute entre los expertos el problema del alineamiento (asegurar que un sistema autónomo responda verdaderamente a la intención y valores humanos sin generar consecuencias imprevistas).
¿Y en qué se diferencian? Las diferencias resultan más bien inquietantes…
El Golem es local y singular. Un único individuo físico diseñado para proteger a una comunidad específica. La IA es global e interconectada. Sistemas prácticamente omnipresentes capaces de operar masivamente a nivel mundial.
El Golem es literal y rígido: cumple órdenes de forma mecánica y ciega; no posee capacidad autónoma de aprendizaje general ni razonamiento complejo. La IA es adaptativa y probabilística. Aprende patrones a partir de datos, genera contenido original y adapta sus respuestas contextualmente.
En el caso del Golem, el control es físico y directo. Se desactiva borrando una letra de su frente (Met = «muerte») o retirando un pergamino de su boca.
En cambio:
-Para desactivar a todas las inteligencias artificiales de manera simultánea e incondicional a nivel mundial, se requeriría una interrupción total y coordinada de la infraestructura física, digital y energética que las sostiene. Dado que las IA no existen en una entidad centralizada, sino distribuidas en servidores, dispositivos locales y centros de datos globales, la desactivación implicaría intervenir a varios niveles: Corte global de energía, Destrucción o deshabilitación del hardware especializado, Cortar el tráfico de los cables submarinos de fibra óptica y los nodos principales de transmisión de datos para impedir la comunicación entre servidores s y usuarios, y un acuerdo unánimeentre todas las naciones del mundo para prohibir el desarrollo, ejecución y mantenimiento de sistemas algorítmicos y modelos de aprendizaje automático.
En la práctica, un escenario de desactivación absoluta a escala global es prácticamente inviable sin provocar un colapso simultáneo de la infraestructura digital, económica y de telecomunicaciones del planeta, ya que la IA actual está profundamente integrada en la gestión de redes eléctricas, logística, medicina y servicios financieros.«
En su ensayo “La idea del Golem” (1960), el estudioso de la Cábala Gershom Scholem (que escribió en una época en que ni siquiera existía Internet) explica el trasfondo filosófico de por qué la criatura siempre termina saliéndose de control: al carecer de alma y de la capacidad de hablar (atributos exclusivos de la creación divina), el ser artificial representa el peligro de las fuerzas puramente materiales desprovistas de espíritu.
DIOS ADENTRO DIOS AFUERA (diosadentrodiosafuera.com.ar) está comprometida en hacer visible el Espíritu en una civilización en la que las fuerzas puramente materiales avanzan ferozmente sobre todos los ámbitos de la vida, sembrando a su paso sufrimiento y destrucción.
En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
(Jorge Luis Borges, El Otro, el Mismo, 1958)
(Prof. Dra. Ana Jachimowicz,Argentina, 1950)
Para profundizar este tema:
Nicolás Martorell: “Hay mucho pesimismo en la misma comunidad que hace las IA”
La respuesta individual en medicina
Descartes impregnó al conocimiento del hombre de una división que sería decisiva en la ciencia occidental para la comprensión de los grandes problemas médicos en el período moderno. Sin embargo, la partición del organismo en res cogitans y res extensa, junto con la concepción mecánica de Newton del universo, inhibieron en el arte médico la visión global y antropológica de la enfermedad, más allá del racionalismo matemático-fiscalista que sería recogido posteriormente. Desde entonces se ha continuado al infinito, el divorcio entre el hombre y el universo, el cuerpo y la mente, el órgano y el ser.
Todas aquellas corrientes posteriores que intentaron reunir este mecano a través fundamentalmente de las grandes revoluciones de la física del siglo XX, colisionaron inevitablemente con una ciencia médica erigida en la posición empírica de lo lógico-formal. De esta forma, el “factor humano”, quedó al margen de la participación en los procesos etiopatogénicos de las enfermedades. Los aportes de Kurt Gödel (1906-1978) han sido devastadores para esa posición clásica newtoniana-cartesiana de la ciencia. En medicina hubo una sorprendente ignorancia sobre su teorema de la incompletitud.
Los factores humanos derivados de la conciencia en el origen de los procesos mórbidos son de difícil aplicación, ya que todavía se hallan sometidos a la justificación de la patología como un desorden molecular. Así, la ecuación cuerpo-mente permaneció separada y casi innoble para quienes pugnaron por integrarlas. La posibilidad de una ciencia objetiva sin contaminación de quien la observa quizás haya sido la última defensa a ultranza en la defensa del empirismo científico.
El desarrollo con Miguel Faraday (1791-1867) y James Maxwell (1831-1879) de la teoría electrodinámica fue en el siglo XIX el inicio del desmoronamiento de la vieja física. El paso trascendente logrado por ellos con el concepto de campo (potencial de producir una fuerza en el espacio) produjo el comienzo de las revoluciones físicas posteriores. En el siglo siguiente se habrían de concatenar sucesivamente las teorías de la relatividad, la mecánica cuántica, la del caos y el concepto de estructuras disipativas.
Mientras tanto, al desarrollar en el campo social Adolphe Quetelet (1796-1874) la factibilidad de la probabilidad, surgió la respuesta al escollo que planteaba la metodología científica tradicional en el análisis de los sistemas integrados con gran cantidad de componentes, que remitían a un comportamiento azaroso. Quetelet tenía el sueño de hallar las leyes de la sociedad, similar al movimiento de los astros. En él hay aborrecimiento de la singularidad y un acercamiento a considerar que el comportamiento promedio es el correcto. En el mismo sentido Auguste Comte (1798-1857) pensaba en una física social que augurara el progreso y el bienestar de la humanidad. Friedrich Nietzsche (1844-1900), al respecto, fue categórico con esta mecanización social: “si la historia tiene leyes, ni esas leyes valen nada ni la historia vale nada”.
El mundo creado por la física clásica es un mundo atemporal y permanente. Con el cálculo diferencial, Leibnitz (1700) formaliza sus leyes de la mecánica. Había intentado demostrar que la matematización es un principio compatible con un mundo múltiple y activo, pero los newtonianos prefirieron considerar a la naturaleza como una máquina que podían controlar desde afuera. Auguste Comte designa los fundamentos del positivismo: leyes naturales invariables, obtención de ellas por la evidencia empírica humana, interpretación, obtención de las leyes y predicción de los sucesos.
En este acontecer la aparición de la mecánica estadística de Ludwig Boltzmann (1872) en los problemas físicos, tuvo como fin establecer frecuencias de sucesos para llenar las incertidumbres que presentaba el determinismo. Lo aleatorio condujo a la posibilidad. Se necesitaba desentrañar si el azar era un déficit de conocimiento o estaba sumido a la intrinsicabilidad de la propia naturaleza. La mecánica clásica con la probabilidad, sustituyó sus fallas donde no se podía predecir, como asimismo se comprendió que era posible llegar al caos a través del determinismo.
En la disciplina médica se plantea una confrontación entre los “científicos moleculares positivistas” y los “biólogos integrales”. En este punto cabe una aclaración debido al inconveniente de actitud reduccionista a la cual tiende toda teoría. Esta situación es parte del proceso científico en su afán de hacer evidentes las hipótesis sustentadas. Si bien la probabilidad, incorporada en su inicio a lo social con Quetelet y posteriormente con Boltzmann al campo físico, influyó en la comprensión de avizorar comportamientos globales de la materia, al trasladarse a lo médico, ella soslaya una situación elemental al desconocer la trascendencia individual del hombre enfermo, es decir su singularidad. Aquí también la probabilidad tendió al reduccionismo. Y éste es un enfoque que, si no es analizado en la propia limitación de la información, puede incurrir en los vicios socio-económico-políticos de los que suele tomar ventaja el hombre en detrimento de la sociedad.
Kurt Gödel, nacido en Brünn (hoy República Checa), asume con su teorema de incompletitud (1931) una posición esencial en la comprensión del mundo observado, al demostrar que incluso los sistemas formalizados consistentes, que contienen aritmética, son siempre incompletos. En los años siguientes se agregaron a éste postulado los teoremas de Turing (1912-1954), Churh (1903-1995) y Tarski (1901-1983). Estas deducciones comprobaron que el ideal de un método deductivo, axiomático, completo y sin ambigüedades no es posible.
En medicina, la contextura antropológica que hoy se busca es la integración de hechos biológicos casuales y causales, conciencia y sociedad en una visión global del hombre que nos aleje de la tentación de caer en el reduccionismo. La alquimia entre conciencia y mundo circundante es una interacción entre imaginación y realidad. ¿Cuánto hay de cada una? Las emociones y los valores del hombre son una instancia fundamental en la observación del entorno. Y en su posibilidad de enfermar. Los elementos aislados no contribuyen al aprendizaje. No nos podemos referir a la corporeidad fisiológica ni a lo fenomenológico, sino a su complementariedad.
La ciencia apela a la racionalidad. Gran parte de esta se vale de una herramienta abstracta como son las matemáticas. En esta interpretación matematizada, signológica, soslayamos la acumulación del error que inevitablemente nos conduce a una instancia posible y no real. La probabilidad introdujo un paliativo. En medicina, la interpretación de esta eventualidad ha dejado peligrosamente de lado la consideración del “factor humano” individual y único, el cual se halla representado por todas aquellas variables que incluyen a la conciencia y sus derivadas de emociones y valores culturales. La ciencia es parcial, fragmentaria, dominada por la inteligibilidad no revelada de la naturaleza, ya sea por ignorancia o por propio comportamiento del sistema, este último concepto integrado en el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg y la teoría del caos. Condenar esta situación, alejada de la vieja ciencia positivista que aún perdura en medicina, ha sido crítico por el riesgo de excluir el valor racional del método científico hipotético. La ciencia no- lineal al introducir un pensamiento multidisciplinario logra una herramienta común a todas ellas, ya que permite aplicarla al mundo microscópico (<10-8) y a velocidades superiores a la de la luz (>1010).
La ciencia busca a través de su lenguaje una situación ideal en la necesidad de entender el universo, pero el teorema de incompletitud hace que la ciencia ideal no sea posible. El sueño de Newton, como su manzana, yace caído y ya no podemos aprehender al logos solamente a través de un modo deductivo, axiomático y formal. La incertidumbre acecha. Y esto fue entendido por las revoluciones físicas del siglo XX. La medicina obvió esta transformación en donde el hombre perdió su posición antrópica. La comprensión del universo no se pudo reducir a una forma abstracta del conocimiento y por lo tanto este es incompleto, pero no solo en su profundidad, sino también en la metodología de su abordaje. La verdad es un camino en el que se van refutando errores (Popper). No tenemos seguridad de que un concepto sea cierto. Solo queda volverlo comprobable mediante un crítica con ideas.
El que indaga en cada paciente con un carácter de investigación y aprendizaje está ingresando en la singularidad de la persona. El otro aspecto, el repetitivo de experiencias anteriores es una automatización que no necesariamente está referida a la singularidad del paciente. El aprendizaje por repetición es un proceso de almacenamiento de información. Es extraordinariamente valioso y útil, pero el paciente –como ser único e irrepetible- necesita que se le indague en su singularidad.
El lenguaje simbólico de la ciencia por lo tanto es aproximado. El método científico colisiona con esta afirmación que lo limita, pero lo vuelve real. Esta percepción de la ciencia y de la realidad está autoreferida por nuestra conciencia. Somos rehén de nuestra condición, salvo que pudiésemos observar de manera exterior a nuestro propio acto consciente. Además, la matemática es una herramienta abstracta de la cual se halla exenta la función del tiempo que impregna a los procesos biológicos.
Teorema de incompletitud. Un mundo externo invariable a nuestra posición consciente ha sido la visión natural del científico. Este legado que proviene desde el siglo XVII se ha diluido con la física cuántica. La materia tiene propiedades intrínsecas que produce cambios azarosos e imprevisibles en relación a lo observado. Por su parte, existe una indeterminación a través de la propiedad de la conciencia de interpretar el mundo, situación que nos vuelve participantes de lo observado y no menos espectadores.
La historia de la medicina ha incentivado la búsqueda de los procesos mecánicos. Esto funcionó medianamente bien hasta la molécula. El reduccionismo más allá de ella se vuelve imposible y aleatorio. No hay explicación mecánica entre la probabilidad y la indeterminación. ¿En la probabilidad es justo dejar de lado la variancia individual en el aprovechamiento del recurso médico? Hoy intuimos razonablemente ante este dilema que:
1. Los datos que obtenemos no son objetivos.
2. Nosotros somos parte de lo observado.
3. La limitación lógica de la simbología abstracta que usamos nos alerta que hay indeterminación en cuanto al manejo de la información.
No deja de ser dramática esta afirmación de que un mundo objetivo se halla en contradicción con los hechos experimentados que delinea nuestra conciencia, sobre todo si derivamos de una disciplina positivista. No hay una visión de la realidad fija e inmutable. La actualidad de la ciencia torna quizás inconveniente un método que no se involucre en las emociones. La metodología actual médica fragmenta la integridad biológica del hombre del cual hacemos nuestro estudio. La toma de los espacios materiales del cuerpo haciéndolo girar en una órbita mecánica nos desvirtúa la constitución consciente que ostentamos y que nos vuelve únicos en el cosmos a través de la conciencia, proceso fenomenológico trascendental integrado al ser. De paso recordemos que en el desarmadero de Descartes no se halló la conciencia.
Un sistema axiomático no es una ciencia, es un estorbo. La observación del universo a través de sus leyes se vuelve axiomático a través de estas etapas: 1) realidad; 2) inteligencia; 3) dialéctica. Cada uno de estos pasos supone una desviación creciente de la verdad ansiada. Además partimos de una limitación, aquella que tiene el pensamiento lógico. Reunir a la conciencia con la materia puede tener un tinte que lastima y desesperanza al científico, pero que en esencia lo vuelve digno de su posición dentro de lo natural.
De todas formas, el mito siempre se halla en la punta de la flecha que surca la ciencia. En realidad, es el inicio de ella. Recuerdo a la paradoja del gato de Schrödinger y hallo lo elemental, la esencia que necesito ante este enfermo que me observa a través de su conciencia. Entonces comprendo que debo abrir la caja para saber si el desdichado gato está vivo o ha muerto. Y que este acto debo repetirlo con cada enfermo a través de sus emociones y su cultura. Si no lo haría así estaría tratando curvas y parábolas, axiomas y números, y no un paciente que, ante mi juicio, tiene el riesgo de sobrellevar no solo su enfermedad sino además el azar de la metodología y de lo técnico. Por eso de los sentimientos. Por eso del valor del hombre individual que me observa desde el otro lado de la realidad que yo creo ver.
La mecánica cuántica nos ha introducido en leyes azarosas: incertidumbre de Heisenberg, complementariedad y dualidad onda/partícula que nos limita y nos hace ver que este es un mundo probabilístico. Los sistemas formales en algún momento ingresan al caos. El teorema de incompletitud de Gödel puede ser el “eslabón perdido” que justifique la información faltante tanto en la metodología formal como en la probabilística. Y este teorema no es una mera curiosidad, sino un hecho trascendente.
Llegado a este punto todo está bien mientras no incorporemos a la conciencia. Esta situación determina inevitablemente lo incierto derivado de lo intrínseco de los procedimientos, lo cual conduce al error. Hasta aquí lo natural. A partir del “factor humano”-conciencia se llega a la emoción. Y el dolor aquí legisla sobre algo más que materia.
La principal premisa del círculo de Viena era que lo no verificable, empíricamente carece de sentido. ¿Pero era el cálculo suficiente? ¿Permitía deducir todas las fórmulas válidas? La polémica sobre los fundamentos de las matemáticas se remontaba con Georg Cantor (1845-1918) desde finales del siglo XIX con los conjuntos infinitos. L.E.J. Brouwer (1881-1966) aseveraba, por su parte que lo de Cantor era absurdo y que los únicos objetos matemáticos válidos eran los que se podían construir algorítmicamente en una cantidad finita de pasos. Kurt Gödel logró el resultado más revolucionario de la lógica del siglo XX con sus dos teoremas de incompletitud en 1931. Estos teoremas dicen esencialmente que incluso los sistemas formalizados consistentes, que contienen la aritmética, son siempre incompletos. El hecho a considerar en los sistemas formales es que no podemos usar el sentido común o, en general, cualquier documento ajeno al sistema. El teorema de Gödel es bastante sencillo de entender una vez que hemos introducido la paradoja del mentiroso. En conclusión descubrió que existían afirmaciones verdaderas que no podían ser probadas dentro del sistema. Y esto para el formalismo constituyó un duro revés.
El teorema de incompletitud se puede ilustrar con la antinomia del mentiroso, atribuida a Epiménides (Creta, s. VI a. C.) quien afirma “Todos los cretenses son mentirosos”. El mismo fue también imputado a Eubulides de Mileto (s. IV a C.).
1) Si examinamos esta situación encontramos que, si es verdad que todos los cretenses mienten, entonces es mentira su afirmación, pues Epiménides, cretense, decía la verdad.
2) Y si es falso, entonces es verdad que todos los cretenses, incluso Epiménides, mienten.
Esto convierte a la oración en paradójica por indecible al no cumplir el principio de no contradicción, ley básica de la lógica. Es comprensible que nada puede ser verdadero y falso a la vez. Pero entonces ¿cómo es posible la antinomia de la construcción de Epiménides?
Debemos entender que la verdad es una relación entre el mundo y un lenguaje a través de lo semántico. Y también que los hechos del mundo se conceptúan a través del lenguaje. Pero el lenguaje puede hablar, simbolizarse y referirse a sí mismo. Por eso al preguntarnos por la verdad o falsedad de enunciados que hablan sobre ellos tropezamos con paradojas semánticas. Un polaco, Alfred Tarski, desarrollaría posteriormente con su teorema la concepción semántica de la verdad.
Conclusiones. El uso de frecuencias de sucesos a priori no tiene a nivel individual respuestas adecuadas ni seguras. A nivel diagnóstico y terapéutico la respuesta individual encierra otros riesgos y responsabilidades. Se debe entender que en el quehacer médico hay leyes, pero también contingencias legislando sobre conciencias humanas en un mundo razonablemente indeterminista, lo cual preserva la libertad del enfermo y del médico. La medicina de hoy no se puede situar en los procesos puramente deterministas ni tampoco en los puramente aleatorios. Al azar debe dársele sentido cuantitativo, pero adaptando el intelecto a las conciencias individuales que estamos observando, al “factor humano”. En ciencia queremos saber si algo es verdad o falso. Y este planteo está lleno de limitaciones ya que el hombre al pensar con su propio cerebro queda sujeto al teorema de Gödel.