Dios Adentro Dios Afuera

Dios Adentro Dios Afuera

«Sólo lo Trascendente, lo totalmente Otro, puede ser inmanente a la totalidad de los seres, sin ser modificado por las transformaciones de éstos.»

(Aldous Huxley, Inglaterra, 1894-1963; La Filosofía Perenne)

La Presencia que anima y sostiene a todas las cosas, es de naturaleza totalmente diferente a ellas, inmutable, inespacial e intemporal, y no padece modificaciones.

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JOSE GOLDSTEIN
JOSE GOLDSTEIN
1 month ago

La alienación metafísica: una deconstrucción radical del Advaita VedantaEl Advaita Vedanta, o la doctrina de la no-dualidad, se ha consolidado en el imaginario espiritual contemporáneo y en las corrientes del neovedantismo occidental como la cúspide de la metafísica: una visión depurada y liberadora que disuelve la ficción del ego para restituir la identidad última entre la conciencia individual (Atman) y la Realidad Absoluta (Brahman). Sin embargo, al someter este sistema a una crítica radical que prescinde de su barniz apologético, se revela algo muy diferente: una sofisticada ingeniería de anulación subjetiva, una coartada metafísica para la pasividad política y una estafa ontológica que reduce el sufrimiento humano a un mero defecto gramatical del cosmos.
El núcleo del Advaita descansa en la premisa de que el mundo fenoménico es Maya —una mera ilusión— y que lo único real es lo Inmutable. Al disolver la multiplicidad del mundo material en una unidad abstracta y estática, la doctrina comete un fraude ontológico fundamental. La experiencia del dolor, de la injusticia social, del hambre y de la historia queda despojada de valor intrínseco, catalogada como una simple alucinación mental (swapna) de la Conciencia. No hay tragedia real porque no hay alteridad legítima; todo se reduce a un solipsismo cósmico donde el Absoluto interactúa consigo mismo. Paralelamente, la praxis meditativa exige una disociación sistemática de los pensamientos, las emociones y el cuerpo mediante la fórmula del «Neti, neti» («ni esto, ni aquello»). Lejos de constituir una emancipación, esta técnica opera como una forma de desapego patológico, entrenando a la mente para adoptar la postura de un espectador indiferente que anestesia su empatía y su lazo visceral con el mundo viviente.
Históricamente ensalzado como un camino de vocación universalista, el Advaita ortodoxo ha funcionado a menudo como el cimiento ideológico más conservador de la India tradicional. Para acceder a su conocimiento supremo se exigía tradicionalmente el cumplimiento estricto del orden de castas (varna-ashrama-dharma) y el nacimiento como varón de las clases altas (dvija). La tan ansiada «liberación en vida» (jivanmukti) operaba de hecho como un privilegio reservado a una élite ociosa de brahmanes exentos del trabajo material por la estructura piramidal de la base social. Así, la doctrina adquiere el perfil del opio político definitivo: al dictar que el mundo material es una ilusión, postula que cualquier intento de reformar las estructuras colectivas o combatir la opresión es una pérdida de tiempo absurda, un síntoma de ignorancia (avidya). El oprimido aprende que su sufrimiento es una proyección de su propia mente, neutralizando de raíz cualquier conato de emancipación histórica o justicia distributiva.
En el mercado espiritual de la modernidad tardía, este marco ha mutado en un caldo de cultivo ideal para el narcisismo corporativo y el despotismo de los autoproclamados maestros iluminados. Bajo la premisa de que «el Ser no hace nada» y de que en la esfera absoluta no existe el bien ni el mal, el relativismo ontológico se convierte con frecuencia en la coartada perfecta para justificar abusos de poder y coacciones psicológicas, cuyas críticas son descartadas por los adeptos como incapacidades para trascender la dualidad mundana.
Sometido al tribunal de la filosofía materialista y de la ética de la alteridad, el Advaita Vedanta se despoja de su aura de sabiduría inmaculada para perfilarse como un sistema de alienación integral. Al dictar que el mundo es un fantasma y que el dolor es un error de percepción, la doctrina consuma una pirueta ideológica perfecta: exime al poder de toda responsabilidad ética, vacía de sentido la compasión activa y transforma la impotencia humana en una categoría de iluminación espiritual.

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