La lucha contra el tiempo, los desafíos del envejecimiento.
Jorge Lowenstein:
El envejecimiento es un proceso biológico, continuo e irreversible que ocurre a lo largo de la vida. Implica una serie de cambios graduales a nivel biológico, psicológico y social, que disminuyen progresivamente la capacidad del organismo para adaptarse al entorno.
La vejez y el envejecimiento son dos conceptos relacionados, pero diferentes; el primero se refiere a la etapa final de una persona, mientras que el segundo es un proceso continuo desde que nacemos.
El envejecimiento se puede dividir en diferentes etapas (infancia, adolescencia, madurez, tercera edad y la vejez solo se refiere a la etapa final de una persona, la cual termina con la muerte.
No todos los cuerpos humanos envejecen de la misma manera, este proceso se ve influenciado por determinados factores como la genética, el estilo de vida, la atención médica recibida, aspectos sociales y económicos, entre otros.
Además de una edad calendario y la edad biológica hay una edad psicológica muy importante. Suelo repetir que uno ingresa a la etapa de la vejez, independientemente de la edad del cuerpo, cuando uno se acuesta con quejas y se levanta sin proyectos, cuando hay más anécdotas que sueños, cuando se pierde la capacidad de amar, cuando ya no hay motivos para reír, cuando ya no hay dudas, se pierde la curiosidad y no se encuentran objetivos.
En este mundo manifestado el más terrible de los poderes es el tiempo; no hay posibilidades de retroceder y muchos darían todos sus bienes si pudieran dejar de envejecer.
Desde la más remota antigüedad el ser humano ha buscado el elixir de la juventud eterna. En un fascinante viaje por la ciencia contamos con descubrimientos increíbles acerca de cómo prolongar la calidad y el tiempo de vida con células madres, modificaciones genéticas, trasplantes,
diferentes drogas antioxidantes, varias sustancias metabólicas, entre otros. A pesar de este desarrollo sorprendente, es imposible dejar de envejecer y que nuestro cuerpo viva a perpetuidad en este mundo terrenal.
Para la ciencia solamente los genes son la semilla de la inmortalidad; mientras que en diferentes culturas orientales, la creencia es que sólo el cuerpo se extingue. En las culturas más primitivas se creía que el beber la sangre de animales o el canibalismo proveía la energía vital necesaria para mantenerse joven y fuerte. Hay muchos relatos de personajes truculentos que por diferentes medios trataron de evitar el envejecimiento, bebiendo el fluido de arterias y venas de gente joven o aspirando su aliento.
En la misma ciudad China de Xian me contaron la historia del primer emperador chino Qin Shihuang, quien, obsesionado en exceso con la idea de la juventud eterna, buscó desesperadamente el elixir mágico por todos los rincones de su extenso país. Lo cierto es que ninguna planta ni poción surtieron efecto y Qin Shihuang murió relativamente joven, tras 11 años de reinado imperial, durante un viaje por la China Oriental, en busca de las legendarias islas de los inmortales y el secreto de la vida eterna. Su muerte ocurrió el 10 de septiembre del año 210 a. C. en el palacio de la prefectura de Shaqiu. Se cree que murió tras haber ingerido varias dosis de mercurio, elemento que supuestamente le impediría envejecer. Sin embargo, pasó a la eternidad como constructor de la imponente muralla china, y por la construcción de su mausoleo y el magnífico ejército de terracota. Su mega-tumba es probablemente la más extensa del mundo, con ríos de mercurio en su interior y el techo cubierto por estrellas de diamantes.
Las mayores dificultades de la vida son aquellas que no podremos evitar, como el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Si la vida fuera eterna para el ser humano, de seguro no conoceríamos el concepto de esperanza. La muerte nos espía y su sombra espera, tal vez sin darnos cuenta, del momento de llevarnos a otra dimensión. En la espera de lo inevitable vamos envejeciendo.
Personalmente me di cuenta que estaba llegando a la vejez cuando dejaron de tutearme, me ofrecían asiento en el colectivo, o intentaban ayudarme a recoger algún objeto del suelo. Por ese entonces mi cuerpo ya tenía cerca de 80 años, pero yo no me sentía para nada viejo.
Ser viejo es una elección personal, es una actitud vital que tiene varias aristaspero que, con una visión positiva, puede ser tiempo de crecimiento, de reflexión y de redescubrimiento personal.
No se puede negar que en le vejez hay pérdidas y no me refiero solamente a que los sentidos se vuelven menos perceptivos, perdemos agilidad y flexibilidad, nos la pasamos buscando las llaves, los anteojos y los nombres propios, sino que muchos de nuestros afectos más cercanos han partido; tenemos que aceptar que hay que pagar un precio por vivir muchos años.
En nuestra sociedad occidental, en la que se valora a los seres humanos por su vinculación con la capacidad de producir o de acumular riqueza material, el paradigma vigente resulta ser el de la juventud sana y productiva, identificando a la vejez con la enfermedad, la improductividad y la falta de capacidades y talento; además, los viejos resultan incómodos porque consumen menos, tienen menos necesidades y se los maltrata con jubilaciones indignas (en la Argentina un informe periodístico refiere que el haber jubilatorio mínimo, para alrededor de 5 millones de jubilados representa sólo el 24.7% de las necesidades estimadas para la tercera edad).
El término «jubilación», que proviene de la palabra júbilo, implica el ser merecedor de un reconocimiento y una recompensa por largos años de trabajo; sin embargo, hoy se parece más a un castigo por las pérdidas, frustraciones, aislamiento y desesperanzas que afectan profundamente la autoestima, la dignidad y calidad de vida.
En nuestro medio el anciano está en general estigmatizado, cada vez más aislado, por su situación económica, por la falta de habilidades tecnológicas, con dificultades al acceso de los servicios de salud y a la medicación, dependiendo de la ayuda de familiares o de organizaciones solidarias para subsistir.
En la actualidad ya hay una población “excedente” donde la gente de más edad ocupa la mayor proporción. Los que hoy son más jóvenes y nos ignoran, deberían recordar que, si tienen la suerte de llegar a viejos, van a tener que transitar por el mismo camino al que ahora le ponen obstáculos; falta solidaridad y empatía en las autoridades. Deberíamos aprender de otras culturas como las orientales donde el trato a los ancianos está profundamente influenciado por valores como el respeto y veneración y donde se les reconoce y sabe aprovechar su memoria y sapiencia.
Es interesante lo que sucede en las llamadas “zonas azules” del mundo con un promedio de vida mayor que en Argentina ( en nuestro país es 77.5 años), en las que sus habitantes no viven en grandes ciudades y la buena calidad de vida de los centenarios está sustentada por una dieta mediterránea saludable, por realizar diariamente actividad física, por mantener fuertes los lazos familiares y comunitarios, por practicar técnicas de relajación y fundamentalmente por seguir un propósito en la vida.
Para muchos ancianos, el tiempo y el contexto social han sido demoledores; en lo personal vivo un tiempo de descuento; agradecido de la vida, considero que soy un privilegiado, porque en el umbral de 82 todavía trabajo y me siento útil, veo en la naturaleza todo lo que se puede seguir aprendiendo. Por las mañanas al despertarme agradezco el regalo de cada nuevo día que me permite gozar de la belleza de este paraíso que se llama la Tierra.
El paso de los años es inevitable, pero ser viejo es una opción; a pesar de los achaques, somos muchísimo más que nuestro cuerpo; todos tenemos un potencial subestimado de experiencias y sabiduría, y podemos seguir contribuyendo en nuestras familias y en la comunidad a compartir amor y gratitud.
En las ciencias y en las artes hay muchísimos ejemplos de personajes que lograron hacer contribuciones significativas en su vejez. La lista sería interminable, y por mencionar sólo algunos recordemos que George Bernard Shaw recibió el premio Nobel de literatura a los 94 años, Pablo Picaso continuó creando obras maestras hasta su muerte a los 91 años, el cantante de Jazz Tonny Bennet continuó grabando y cantando hasta los 95 años, Igor Stravinsky, el célebre compositor ruso, a los 86 años dirigió su última obra. Yehudi Menuhim continuó tocando el violín hasta su muerte a los 82 años. Varios cardiólogos muy reconocidos a nivel mundial fueron longevos, como Bernad Lown, que trabajó hasta los 99 años, Eugene Brauwnald, el padre de la cardiología moderna, que falleció recientemente a los 96 años, publicó su último artículo pocas semanas antes de su muerte. Paul White continuó sus trabajos de investigación hasta los 87 años . El eminente cardiocirujano Michael Debakey falleció a los 99 años y se mantuvo activo en la sala de operaciones hasta la edad de 90 años. Uno de mis mentores, el profesor Harvey Feiguenbaum, el resurrector mundial de la ecocardiografía, nacido en el año 1933, sigue dando conferencias. En la Argentina el Dr. Jorge Trainini a los 82 años continúa publicando sus descubrimientos inéditos sobre mecánica cardíaca.
Estoy seguro que tenemos mucho para aportar, debemos buscar la forma para que el medio no nos haga invisibles y tener la oportunidad de participar en las pequeñas y en las grandes decisiones.
Perdámosle el miedo a envejecer, aprovechemos todo lo que nos ofrece el tiempo presente. El conocimiento no tiene edad y los sueños tampoco tienen fecha de caducidad.
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EL ENVEJECIMIENTO
Ana Jachimowicz
Nuestros cuerpos envejecen, nuestras mentes envejecen, nuestra memoria envejece, nuestras habilidades mentales envejecen.
Qué significa esto? Que las propiedades de nuestro personaje (en mi caso Ana Jachimowicz) van perdiendo eficiencia, habilidad o fuerza.
En este estado encarnado, en este mundo con determinaciones, nada es fijo, todo se modifica siguiendo la variable “tiempo”.
Nosotros lo vemos como algo “bueno” desde el nacimiento de un bebé hasta aproximadamente sus 30 o 40 años de edad. Nos preocupamos si no evoluciona según los parámetros “normales”, o sea, los más habituales.
Pero, a partir de esa edad, los cambios son observados con recelo, parece que vamos “cuesta abajo”. El mismo cambio, que antes denominábamos “crecer”, ahora lo llamamos “envejecer”. Las facultades físicas y mentales que primero se expandían, ahora se contraen, deterioran, pierden fuerza o rapidez.
Esto no se puede atribuir a un desgaste de la materia, pues los átomos de nuestro cuerpo se renuevan aproximadamente cada 7 años. Son las formas físicas y capacidades mentales las que cambian. Si, como creo, éste es un proceso absolutamente programado por la Inteligencia Universal, debe entonces tener un sentido, un fin, un objetivo.
Desde la perspectiva del No-Dualismo (Advaita) -sabiduría primigenia que comienza en la India en los textos sagrados de las Upanishads, pero que se encuentra también en el núcleo místico de muchas tradiciones (Taoísmo, Sufismo, Zen, místicos cristianos, espiritualidades de pueblos originarios, algún sector de la Cábala)-, la Realidad es una Presencia Única que juega al juego de la dualidad adoptando formas infinitas.
Desde allí la propuesta es dejar de ver al envejecimiento como pérdida, decadencia o desmoronamiento biológico, para reconocer en él la disolución de las apariencias. Si no lo hicimos “por las buenas” durante nuestra juventud o madurez, ahora nos saca al cachetazo de nuestras identificaciones con nuestro cuerpo-mente, con los juegos del poder, del dinero, de las adicciones, de las apariencias, con la finalidad de que reconozcamos nuestro ser real.
Un poema del místico sufí Hafiz, en “El Regalo” (versión de Daniel Ladinsky), describe bien esta situación cuando dice:
“Si tuvieras el coraje
y pudieras darle al Amado su elección,
algunas noches Él simplemente te arrastraría por la habitación
tirándote del cabello,
arrancando de tu puño todos esos juguetes del mundo
que no te traen ninguna alegría.”
Para el no dualismo, yo no soy el cuerpo; yo tengo un cuerpo. Las células, el corazón, los órganos, los músculos, están sujetos a las leyes del tiempo, la entropía y la medición biológica. Sin embargo, aquello que es consciente de la existencia —el Testigo inmutable— carece de edad. La conciencia que presenciaba mi infancia a los 5 años es exactamente la misma conciencia que presencia mi madurez a los 76. El escenario (el cuerpo y la mente) cambia y se desgasta, pero el espectador (el Ser) permanece intacto, eterno y sin arrugas. Refiriéndose a esta presencia-testigo, dice la Bhagavad-Gîtâ:
«Las armas no lo cortan, el fuego no lo quema, el agua no lo moja y el viento no lo seca.»(II,3)
A lo largo de la vida, la personalidad se construye través de etiquetas, roles y logros: «soy médico», «soy mujer», «soy inteligente», «tengo este aspecto». El envejecimiento, de manera a veces implacable, nos va despojando de esos disfraces temporales. Desde la cosmovisión materialista, esto se experimenta como una crisis o una pérdida. Desde el no dualismo, es una liberación; al despojarme de los disfraces (Māyā), tengo la oportunidad de acceder al puro Yo Soy desnudo de atributos.
“Dios es la fragancia “yo soy” que llega a través del cuerpo. Aquel que cree que es el cuerpo tendrá que encarar la muerte.” (Nisargadatta Maharaj, Nirupanas, p. 43)
En la juventud, el juego cósmico (Līlāh) se manifiesta como expansión, acción y acumulación de experiencias en el plano material. En el envejecimiento, el juego cambia de ritmo y de dirección: invita a la desindentificación, al soltar apegos, roles y etiquetas, a comprender que nada en el plano terrenal puede llenar el anhelo profundo de absoluto. La vejez nos retira suavemente de la urgencia del «hacer»; aprovechemos para establecernos en el «ser».
«Con los años, el cuerpo pierde su fuerza de proyección hacia el mundo exterior, y eso es una gran bendición. El envejecimiento es, en realidad, un proceso de interiorización natural. Cuando las energías del hacer se calman, la Conciencia se desprende de sus objetos y regresa a casa, a su estado puro de ser.» (Jean Klein, médico y maestro advaita)
Y finalmente, la muerte física… El gran “cuco” de la visión materialista de la vida…
Bajo la luz del no dualismo, la culminación del envejecimiento —la muerte del organismo— no es una extinción, sino el final de una aparente separación. Así como una ola se disuelve en la superficie, pero jamás deja de ser el océano mismo, la desaparición de la forma física es simplemente el retorno de la conciencia individualizada a la Presencia Única de la que nunca se apartó.
«Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo.
Mira para atrás, para todo el día recorrido, para las cumbres y las montañas, para el largo y sinuoso camino que abrió a través de selvas y poblados.
Y ve frente a sí un océano tan extenso, que entrar en él no es más que desaparecer para siempre.
Pero no hay otra manera. El río no puede regresar.
Nadie puede volver atrás. Volver hacia atrás es imposible en la existencia.
El río necesita aceptar su naturaleza y arriesgarse a entrar en el océano.
Solo entonces el miedo desaparecerá, porque sabrá que no se trata de desaparecer en el mar, sino de convertirse en mar.» (Khalil Gibran, poeta libanés)
Imagen: Iris Apfel, diseñadora