Dios Adentro Dios Afuera

La Muerte según la Medicina y según la Filosofía Perenne

LA MUERTE SEGÚN LA MEDICINA

Desde el punto de vista científico, se describe a la muerte como el proceso final del ciclo de vida de un organismo, caracterizado por la cesación irreversible de las funciones vitales: la respiración, la circulación sanguínea y la actividad cerebral.

Los médicos determinamos que un ser viviente ha muerto por los siguientes parámetros: pérdida absoluta de conciencia, ausencia de respiración espontánea, ausencia absoluta de todos los reflejos cefálicos y constatación de pupilas fijas no reactivas.

La legislación vigente puede ser diferente en diversos países, en los que la muerte cerebral puede ser considerada como el único parámetro para la realización de transplantes cardíacos. Sin embargo, en algunas culturas y países como, por ejemplo en el Japón, la idea de que un cuerpo puede considerarse vivo mientras haya actividad cardíaca ha limitado enormemente los transplantes cardíacos.

Posiblemente el ser humano sea el único animal con conciencia de la mortalidad. El filósofo Martín Heidegger llegó a considerarla la noción más definitoria del ser humano, a quien denominaba “ser-para-la-muerte”. Sólo nosotros, los homo sapiens, sabemos que la muerte nos llegará inevitablemente, y el resto de animales viven en una especie de eterno presente, sin conocimiento alguno del destino que les aguarda. Tampoco los niños conocen el sentido de su sentencia, inocentemente disfrutan de la vida sin conocer su futuro, sin sospechar que tarde o temprano deberán morir.

Nadie es inmortal, nacemos para morir y no estamos preparados para la partida ni sobrellevar la pérdida y la ausencia de un ser querido.

Tomamos conciencia de la muerte, ella nos seduce y a una edad muy avanzada generalmente la esperamos como el dulce reposo del guerrero para llegar a aceptarla en carácter de bendición; el problema es la angustia de saber que somos tan frágiles que la muerte puede ocurrir en la niñez, en la juventud, en los momentos más trascendentes de nuestras vidas y el temor que pueda sorprender a nuestros afectos más cercanos.

Se le atribuye a Baltasar Gracián, escritor del siglo de oro español, la frase “La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto”.

El hombre toma conciencia de la finitud de su existencia desde tiempos inmemorables y las tumbas de mayor antigüedad corresponden al hombre de Neanderthal. Hace 10.000 años en la antigua China era creencia común que los muertos fueran a vivir en otro mundo; en general todas las civilizaciones antiguas -asiáticas, europeas y americanas- consideraban que la muerte sólo era el fin terrenal.

La muerte prematura siempre nos acechó en guerras sin sentido, que lamentablemente siguen aún hoy vigentes o por interminables hambrunas, por pestes intermitentes o condiciones ambientales catastróficas, casi todas ellas provocadas por el mismo ser humano que en la búsqueda del poder va destruyendo su hábitat durante su corta existencia.

La muerte es uno de los problemas esenciales del ser humano. Ante ella se presenta un intenso temor y los médicos como humanos que somos, compartimos sentimientos de ansiedad, impotencia y a veces negación o culpa.

Por ello es difícil enfrentarla con la serenidad que se debiera. La importancia de estos aspectos no es abordada en la carrera de medicina ni durante los estudios de las especialidades; es tema que habitualmente soslaya la medicina tradicional y cada uno reflexiona desde su más callada intimidad. Las carencias en la formación se evidencian cuando el médico tiene que enfrentarse, en su quehacer, a estas circunstancias humanas, viviéndolas como dolorosas y angustiantes. Una formación en las verdades universales, racionales y vivenciales de la Filosofía Perenne, sería necesaria.

Tampoco se estudia en la carrera de medicina cómo manejar al paciente moribundo: pareciera que hay que enfrentar a la muerte corporal, ganarle la batalla y así nace una medicina encarnizada.

Hoy en día la sociedad tampoco ayuda al morir a los enfermos, aunque se les alargue la vida gracias a los avances tecno-farmacológicos: no se muere en casa, sino en las unidades críticas en coma y con un respirador. Se pasa de una muerte “digna” a una muerte medicalizada, solitaria y vergonzante.

Los pacientes finalizan su vida, la mayoría de las veces, rodeados por un equipo de salud altamente tecnificado, pero alejados de sus seres queridos. Generalmente en nuestro medio, las decisiones son tomadas por el médico, de acuerdo con los familiares, muchas veces haciendo caso omiso a las solicitudes del enfermo.

Recién en las últimas décadas aparece una especialidad como la medicina paliativa que reconoce la importancia que tiene la comunicación adecuada, que cuestiona las tendencias de prácticas que deshumanizan, y que intenta mejorar la calidad de vida, aliviando el dolor y otros síntomas y ofreciendo apoyo psicosocial a los pacientes y sus familias.

En algunos países europeos, en Colombia y en algunos estados de los EEUU se reconoce la dignidad del moribundo y se autoriza al médico a facilitar una muerte tranquila (suicidio asistido), si es solicitada por pacientes que sufren condiciones médicas muy graves con sufrimiento físico intolerable.

Se debería concientizar a los médicos para que puedan enfrentaresta situación normal de la vida con una formación más humanística que tenga en cuenta las necesidades de los pacientes y de los propios profesionales.

Sabemos que un día todo lo que comenzó fenece, por lo tanto, es necesario que aprendamos a valorar más el entorno y especialmente nuestros afectos, en un intento de transitar por el camino de felicidad y de contribuir a dejar un mundo mejor de cómo lo encontramos.

La vida es un milagro y la muerte un proceso biológico natural que le da magnitud y valor a la vida. ¿Cómo nos atrevemos a maldecir a la muerte? En realidad somos afortunados, porque si vamos a morir, ¡es que tuvimos la suerte de haber nacido! La vida y la muerte  han sido enfocados por todas las disciplinas; las ciencias con asombrosos avances técnicos intentan descifrar el milagro de la vida, pero la muerte fue siempre el más difícil y doloroso de los enigmas.

Si apenas entendemos la primera como vamos a comprender la muerte, decía Confucio. Hemos avanzado en desenmascarar la naturaleza de la vida, pero poco progresamos en la comprensión de su expiración.

En este sentido, Horacio sigue la línea de los filósofos epicúreos y argumenta que la vida es breve y la belleza perecedera. Y, siendo la muerte la única certeza, el “ahora” debe aprovecharse al máximo. Esto no debe interpretarse como vivir el día a día con irresponsabilidad o egoísmos; lo recomendable es vivir plenamente cada hora, con intensidad y compromisos, no malgastarlo, y siempre estudiar, crecer y compartir. Una frase atribuida a Mahatma Ghandi recomendaba: “Vive como si fueras a morir mañana… Aprende como si fueras a vivir siempre”.

Se dice que lo que nos pasa por la cabeza antes de abandonar este mundo no se refiere a nada material, y seguramente lo que recordamos son los momentos más valiosos.

Considero que traer hijos a la vida y educarlos y/o tener discípulos es intentar engañar a la muerte, perpetuándose más allá de nuestra presencia física en este mundo.

La vida podrá ser un final, pero también tiene un principio, que es valorar cómo ha sido nuestra presencia en este complicado mundo, y sacar siempre conclusiones positivas, para poder así morir en paz con uno mismo. Prepararse para la propia muerte es una manera de aprender a vivir con mayor plenitud, con gratitud y amor, disfrutando del mejor presente.

Decía Stefan Zweig: “No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante; entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y también más alegre”.

Para muchas corrientes del pensamiento oriental, la muerte como tal no existe. Sí se puede hablar de partida; lo que puede desaparecer es la envoltura, o sea el cuerpo, pero el alma o espíritu no fenece, ya que usa el cuerpo como un ropaje; habría un tránsito a un nivel luego de la muerte. Este tema se lo dejo a mi compañera de ruta la Dra. Ana Jachimowicz. (Jorge)

———————————————————————————————————–

LA MUERTE SEGÚN LA FILOSOFÍA PERENNE

Los pensamientos expuestos más arriba por Jorge considero que representan lo más excelso que se pueda decir desde un paradigma para mí equivocado: el paradigma de identificar al ser humano con su individualidad psico-física, y en general al ser con su manifestación.

Desde un enfoque fenomenológico, vamos a intentar desmenuzar un poco qué es eso que llamamos “morir”.

Desde el punto de vista físico, cuando decimos que una persona “muere”, queremos significar que desaparece su forma física, es decir su forma espacio-temporal. En el espacio, se diluyen los límites que lo separaban del medio circundante, que lo identificaban para nosotros, observadores humanos, como un individuo caracterizable por un nombre (nombre propio y apellido para un ser humano, nombre específico y genérico en caso de una animal o planta). O sea, “morir”, en una primera aproximación, sería “fundirse con el entorno”, perdiendo lo que lo diferenciaba de éste.

Ahora bien, lo que me diferenciaba materialmente de mi entorno, no eran mis componentes materiales (átomos o moléculas), sino la forma en que estaban agrupados (células, tejidos, órganos).

Es decir, lo que pierdo al morir es una forma que me diferenciaba del resto de las formas materiales que me rodeaban. Por ejemplo, la forma de mi mano. Mi mano (y todo mi cuerpo) renueva la totalidad de sus átomos cada 7 o 10 años. Pero la forma de mi cuerpo más o menos se mantiene, en el mejor de los casos, de forma que sigo siendo reconocible por los demás y por mí misma cuando me miro en un espejo. Es decir, que lo que llamo “Ana Jachimowicz” es una forma que utiliza lo material para aparecer, no pura materia.

¿Quién o qué mantiene esa forma vigente? ¿Quién o qué la va modificando con el tiempo?  ¿Quién o qué la hace desaparecer?

Según el No-Dualismo, es la Conciencia Única Universal.

Por otro lado, están mis pensamientos, sensaciones, sentimientos, percepciones, imaginaciones, etc. La vida que llamamos erróneamente “interior”, pero que en realidad habría que llamar “temporal no-espacial”. En su gran mayor parte, esta vida no-espacial no es observable para los demás. Sólo fue “observable” para mí. ¿Por qué? Porque la mayoría de la gente en Occidente cree que su ser termina en la piel de su cuerpo y que por lo tanto la vida interior del otro le está vedada, pues está “encerrada” en el cuerpo del otro. Pero cuanto más vivamos desde la Conciencia Universal Única, más percibiremos los estados “internos” de todo, no sólo de otros seres humanos, también los de los animales, las plantas, las piedras, los ríos y el planeta.

Es decir, que podemos hablar de la muerte o desaparición del cuerpo físico y de la psique, entendiendo por tal el conjunto de pensamientos, sensaciones, sentimientos e ideas asociados a la personalidad “Ana Rita Jachimowicz”. Algunos autores, sobre todo los de origen sajón, se refieren a ese conjunto como “mente”. Es lo que en sánscrito se denomina jivâtma, el ser en su estado encarnado.

Es decir, que “YO” no soy mis percepciones, llámense sensaciones corporales, emociones, sentimientos o pensamientos. “YO” soy el perceptor de todo eso. Por definición, no puedo tener la vivencia de que ese “YO” desaparezca. Si eso sucediera, “YO” no estaría ahí para dar testimonio de ello.

Ya en vida tengo la experiencia de verlas surgir, durar y desaparecer. Ellas surgen, se constituyen y mueren constantemente. Yo, mientras, permanezco. Es decir, acá se ve claramente que mi existencia no depende de ellas, pues yo sigo presente aunque ellas desaparezcan, y también estoy presente antes de que ellas vengan a la existencia.

¿Qué sucede en los estados de “inconsciencia”, por ejemplo, durante una anestesia general? Cuando un pensamiento “muere”, desaparece por completo; por más que se vuelva a pensar el mismo contenido, el pensamiento ya no es el mismo; es otro, con contenido similar.

Pero cuando yo retomo consciencia después de una anestesia, sé que soy el mismo, no otro “YO” con distinto contenido (por ejemplo, la visión de una habitación en lugar de un quirófano).

Y aquí verificamos algo muy extraño: NO PUEDO SER “OTRO YO”. Yo siempre soy yo, el mismo, por más que cambien los contenidos de conciencia. Puedo imaginarme con otros contenidos mentales, puedo imaginarme con otro cuerpo, pero no puedo imaginarme con otro “yo”.

O sea, la Conciencia Única Universal se retira del personaje “Ana Rita Jachimowicz”, del marco de las coordenadas espacio-temporales. Desaparece esa forma física más o menos constante que es reconocida como “Ana Rita Jachimowicz”.  Todos los contenidos mentales o estados de ánimo (ideas, pensamientos, sensaciones, emociones, percepciones, sueños) -salvo los que denominamos “recuerdos”- ya habían desaparecido al poco tiempo de nacer. Todos tienen una existencia muy efímera.

O sea, desaparece lo individual. Lo individual queda subsumido en lo universal. La materia, al desorganizarse la forma, retorna a la materia general (“polvo eras y al polvo volverás”). ¿Pero qué pasa con el aliento que Dios sopló en las narinas de Adán? Pues debemos suponer que retorna al Espíritu Universal de Dios, aquí llamado Conciencia Única Universal (C.U.U.)

REGISTROS AKÁSHICOS:

Y cuando Juan Pérez muere, toda la vida espacial y toda la vida temporal de Juan Pérez queda cristalizada, o sea definitivamente inmodificable, en eSE sector de la C.U.U. que los hindúes llaman “akasha”. Esa es La diferencia entre Juan Pérez vivo y Juan Pérez muerto. Los registros akáshicos de Juan Pérez ya no se pueden modificar. Se cerró el capítulo “Juan Pérez” del libro de la Vida en la coordenada “tiempo” tal cual la conocemos en esta dimensión.

Pero lo que en Juan Pérez decía “yo” no desaparece. Lo que en Juan Pérez decía “yo”, simplemente deja de creerse limitado y vuelve a ser la C.U.U., en el paradigma de la Filosofía Perenne.

Por eso, morir no es desaparecer; morir es crecer. El río que desemboca en el mar muere como río, no para desaparecer, sino para convertirse en mar. La oruga muere como oruga para despertar como mariposa.

“Dicen que antes de entrar al mar, un río tiembla de miedo. Mira hacia atrás al camino que ha recorrido, desde las cumbres, las montañas, el largo camino sinuoso que cruza bosques y aldeas, y ve frente a él un océano tan vasto que entrar en él parece tener que desaparecer para siempre.

Pero no hay otra manera. El río no puede volver atrás. Nadie puede volver atrás. Volver atrás es imposible en la existencia. El río necesita correr el riesgo y entrar en el océano. Sólo al entrar en el océano el miedo desaparecerá, porque sólo entonces el río sabrá que no está a punto de desaparecer en el océano, sino de convertirse en océano.” (Khalil Gibran) (Ana)

0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Newest
Oldest Most Voted
Inline Feedbacks
View all comments

Suscribite para recibir avisos cuando se publiquen nuevas entradas y programas de "El país de los místicos"

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x