
La relación médico-paciente se refiere al vínculo que se establece entre el paciente que va a pedir ayuda y el médico que se la va a brindar.
Es una relación interpersonal que puede ser superficial o muy profunda, según el compromiso del facultativo que le va a atender. Los resultados van a depender, entre muchos factores, de la confianza que el paciente le deposite, de la comunicación franca y abierta en esa relación, del respeto mutuo, de la empatía del médico, y de una continuidad en el vínculo.
Hoy, algunos profesionales y especialmente en varias instituciones de salud suelen llamar “cliente” al paciente, definición que no creo adecuada porque, si se considera fríamente al enfermo como un consumidor de servicios de salud, la relación corre el riesgo de despojarse del componente emocional, transformándose el acto médico en una transacción comercial.
El termino “paciente” refleja mejor la necesidad de una atención médica, enfatizando el aspecto del cuidado personalizado del enfermo. “Cliente” podrá ser para los seguros médicos, pero nunca para el médico.
El término “paciente” del latín “patiens” del verbo “patior” significa “sufrir“ o “experimentar“, refiriéndose a un individuo que padece de una enfermedad y requiere atención médica; aunque se ha extendido su significado para todas aquellas personas que buscan una solución a su problema de salud, todavía conserva esa connotación de sufrimiento y pedido de auxilio.
Un componente fundamental de ese encuentro es la empatía del médico. Se trata de una conexión emocional que se caracteriza por la relación de persona a persona, de afecto, unión y comunicación. Se puede entender como un acto de amor, de deseo de apoyar y ayudar al otro en momento de necesidad.
La empatía, el acto supremo de la relación médico-paciente, comienza por interesarse por lo que le pasa al paciente, prestar el oído y escucharlo con máxima atención; esta comunicación tan importante es la coincidencia con la esencia del otro. No se trata sólo de comprender o de reconocer cuando alguien está en dificultades con un acto de compasión; es sentirse dentro con una participación afectiva.
Como expresé en otro capítulo, empatía es tomar conciencia de la conciencia del otro que en realidad es la nuestra. Intentamos comprenderlo desde otro cuerpo, sin embargo, compartimos la unidad que somos: pocos médicos interpretan este concepto que he aprendido en los últimos años de mi vida.
Para una relación médico-paciente, es necesario entender la historia completa del paciente y su entorno psico-social, ya que la enfermedad no está separada del contexto de su integridad vital, sino que existe una estrecha relación con lo corporal y las emociones.
No dejan de ser importante en esta relación los gestos y la palabras emitidas por el médico; el vocabulario de este último debe ser simple y fácilmente comprensible acorde a la posibilidad de interpretación que tenga el paciente, evitando una terminología médica compleja que pueda generar dudas y miedos.
El tono del hablar del médico debe ser siempre tranquilizador y positivo, generador de esperanzas, aunque la situación de su enfermedad sea compleja.
Es importante saber escuchar y responder las preguntas con claridad; como médicos debemos intuir si el paciente prefiere explicaciones detalladas o sencillas, si quiere saber la verdad, por más dura que sea, o en realidad prefiere una respuesta compasiva.
Hay pacientes que no están preparados para recibir cierta información, especialmente relacionada con un pronóstico ominoso y aún en situaciones como esta debería plantearse siempre una opción esperanzadora.
La ansiedad y la desesperación suelen ser fatales, por lo cuál cualquiera sea el pronóstico del enfermo/a, es preciso alentarlos con esperanzas que tiendan a proporcionarles expectativas de alivio y fortalecer su lucha contra la adversidad.
No se trata de esperar sólo un milagro; deberá sostenerse una esperanza activa y no olvidar de su potente efecto placebo. Siempre deberá respetarse la autonomía del paciente para que participe activamente en las decisiones sobre su tratamiento.
El consentimiento informado es un procedimiento en el cual el paciente, conociendo en forma precisa los beneficios, efectos colaterales y alternativas de un procedimiento o tratamiento, acepta o rechaza la propuesta.
La inteligencia artificial (IA) puede ser de ayuda para el médico; por su alto contenido informativo, podrá asistirlo en los diagnósticos y posiblemente personalizar el tratamiento.
Es de esperar que la IA, optimizando los tiempos del médico, le permita aprovechar mejor la consulta, para priorizar el examen físico y analizar el componente emocional del paciente.
Hoy en día, lamentablemente, por una diversidad de razones, especialmente económicas, la mayoría de los médicos se ven obligados a realizar consultas muy rápidas, casi omitiendo el examen físico, con soluciones sintomáticas, pedidos de exámenes complementarios sobredimensionados, obviando el compromiso con el paciente.
Esperemos volver a una medicina humanística, personalizada, que es la que requiere una sociedad sana. Surge una luz de esperanza, fundamentada en que los jóvenes médicos vuelvan a las fuentes con una mejor comunicación médico-paciente basada en la empatía y la solidaridad, con valores éticos y un comportamiento altruista que logre aliviar, acompañar y sanar al enfermo. (Jorge Lowenstein)
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En nuestras sociedades occidentales, todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido la experiencia de acudir a una consulta médica.
En las sociedades mal llamadas “primitivas”, la curación de enfermedades estaba estrechamente relacionada con lo sagrado o espiritual. El médico y el sacerdote coincidían en una misma persona, al que ciertas tribus originarias de Siberia y de Asia del Norte denominaban “shaman” (en español, “chamán”). El chamán entraba en estados alterados de consciencia para interactuar con el mundo espiritual y canalizar la sanación.
En nuestros tiempos, la relación médico-paciente parece haberse reducido a la biología y a la fisiología, a la recolección de datos y al tratamiento de síntomas, restringiendo al mínimo o incluso desapareciendo el aspecto del encuentro, la conexión humana más profunda.
Sin embargo, por más que se intente obviarlo, la consulta sigue estableciendo un vínculo entre dos seres humanos y, como tal, comporta aspectos espirituales significativos que conviene no pasar por alto.
Desde la perspectiva habitual en nuestro ambiente occidental materialista, en el consultorio existen dos entidades separadas: un experto que posee el conocimiento y un sujeto que sufre una enfermedad.
Sin embargo, desde la perspectiva de la tradición espiritual de la Filosofía Perenne, esa frontera se desvanece. En un nivel más profundo, todos participamos de una misma realidad. Quien cuida y quien requiere cuidados participan de un mismo colectivo: la humanidad. El médico también sufre enfermedades y el paciente también posee conocimiento.
Tanto a nivel material, como energético, (como espiritual según la Sabiduría Perenne), no hay una separación real entre las personas. Todo está interrelacionado: ser una entidad independiente es una ilusión.
Entonces el sufrimiento del otro deja de ser un simple problema mecánico a resolver, para transformarse en una manifestación tanto de la vulnerabilidad como de la solidaridad que compartimos como seres humanos.
Por otra parte, la medicina contemporánea suele apoyarse en el paradigma de que sólo vale lo que se puede medir, cuantificar y protocolizar. Pero el reduccionismo de la medición absoluta, además de empobrecer la realidad, no deja de ser una ilusión.
El miedo a la mortalidad, la angustia existencial, la pérdida del sentido del paciente no aparecen en una imagen ecocardiográfica ni en un estudio de laboratorio. El médico, ser humano al fin, es vulnerable a todos esos aspectos existenciales constitutivos del colectivo humano, pero generalmente los disimula en la consulta, pues la universidad lo ha formado como superhombre omnipotente, sin darle los elementos espirituales para lidiar con aspectos propios de la finitud humana.
Además, el cientificismo todavía imperante en muchos ámbitos académicos identifica ciencia con ateísmo, grieta que parte en dos el alma del médico, y que puede ser muy perjudicial si es contagiada al paciente. Entonces la respuesta a tales inquietudes queda limitada a la postura personal del médico, aunque de todas formas se le prohíbe formularla explícitamente en la consulta.
Frente al misterio inmedible, el profesional occidental se ve vedado de ofrecer contención y significado allí donde la ciencia alcanza sus límites.
En la consulta occidental habitual, el médico no ha sido entrenado para “activar su corazón”. El corazón físico es un motor extraordinario, pero históricamente también se reconoce como el asiento de la intuición y la consciencia (el Yollotl azteca). En la relación clínica, podría significar escuchar el verdadero ser del paciente a través de una presencia absoluta. Cuando el médico sintoniza con esta resonancia, la entrevista deja de ser un mero interrogatorio de antecedentes para convertirse en una escucha profunda. El resultado es que el paciente se siente verdaderamente «visto» en su totalidad, y no simplemente examinado por partes. El médico, a su vez, deviene auténtico agente terapéutico, no un mero recolector de datos reemplazable por la IA.
El rol espiritual del profesional se vuelve más vital cuando la curación biológica definitiva no es posible. Es entonces cuando un marco espiritual se vuelve más que necesario, tanto para el paciente como para el médico. En esa circunstancia, el médico debería poder ofrecer una presencia amorosa frente al dolor. Pero no lo puede hacer si él/ella mismo no tiene algún paradigma significativo al respecto.
Y en ausencia de éste, al menos el acto profundamente sanador de transmitir al paciente: «Aunque no podamos cambiar este desenlace físico, no estás solo en este tránsito», acompañándolo y permitiendo que la familia lo acompañe, evitando el encarnizamiento terapéutico o que el paciente muera sólo en una terapia intensiva. Aunque en el vertiginsos ritmo de nuestra sociedad, rara vez hay tiempo para ello.
Tener una influencia directa sobre el bienestar de una persona, tocar su cuerpo y su psique, acceder a sus temores más íntimos y acompañarla en un proceso de cambio de vida conlleva una responsabilidad que roza lo sagrado.
La vocación médica, vivida desde este nivel de consciencia, deja de ser un trabajo técnico para convertirse en una práctica espiritual diaria; un servicio que honra la dignidad intrínseca de cada vida humana.
«La curación no es una cuestión técnica, es una cuestión sagrada. La ciencia no puede medir el misterio de la vida que reside en cada paciente; curar requiere no sólo de la ciencia, sino de una profunda reverencia por ese misterio.» — (Dra. Rachel Naomi Remen, pediatra, EEUU, 1938)
(Ana Jachimowicz)
Imagen: Goya atendido por el Dr. Arrieta