Dios Adentro Dios Afuera

CUANDO EL CONOCIMIENTO SE VUELVE VULNERABILIDAD

Todos los que practicamos la medicina estuvimos alguna vez enfermos o estaremos en el futuro en el rol de pacientes. La posibilidad de que cualquiera de nosotros adquiera una enfermedad maligna es de alrededor de 35 %, o una enfermedad cardiovascular entre el 20-40% aproximadamente si existen o no factores de riesgo, respectivamente; sin considerar otras dolencias menos prevalentes.

Además, como médicos estamos más expuestos a contagiarnos de enfermedades infecciosas; ejemplo reciente fue el Covid, cuando miles de médicos fallecieron cumpliendo sus tareas.

El estrés laboral en los médicos cardiólogos, según la Sociedad Argentina de Cardiología, es muy alto; medido en una escala específica, 3 de cada 4 médicos presentó “burn out” o riesgo de padecerlo. Este síndrome, que se caracteriza por un agotamiento físico y mental, puede tener consecuencias graves, tanto para los médicos como para los pacientes, incluyendo una disminución en la calidad de atención.

La salud de los médicos se ve afectada frecuentemente por exigencia de productividad, presión emocional y carga de trabajo administrativo. En Argentina, se agregan la limitación de los recursos, pluriempleos por bajos salarios, clima laboral hostil e incertidumbre económica.

En resumen, los médicos también se enferman y posiblemente en mayor proporción que la población general. La causa es multifactorial: altos niveles de estrés, estilo de vida desequilibrado (falta de ejercicio, dieta inapropiada, mal descanso) mayor exposición a enfermedades, depresión, entre otras condiciones crónicas.

Resulta pertinente la pregunta de porqué, siendo profesionales de la salud, con conocimientos de cómo prevenir enfermedades, en general no cumplen con los preceptos clásicos necesarios para cuidar su salud física y emocional.

En su gran mayoría, los médicos (y no soy la excepción) son malos pacientes, porque no buscan la atención pensando que están en condiciones de diagnosticar y manejar la situación por ellos mismos, subestiman los síntomas y a veces desconfían de la capacidad de los colegas y con autosuficiencia se autoprescriben. Algunos médicos desarrollan una percepción de invulnerabilidad pensando que no pueden enfermarse o suelen temer mostrar debilidad al recurrir a una consulta médica. 

Otras veces, postergan las consultas por escasez de tiempo, priorizando la salud del paciente a la suya propia.

Está comprobado, asimismo, que los médicos tienen dificultad para adherirse al tratamiento indicado; prescriben medicamentos todos los días, pero cuando les toca ser pacientes, los consideran elementos estigmáticos de invalidez, de debilidad, de dependencia o de enfermedad discapacitante. Al conocer los efectos colaterales, aumenta la resistencia para ingerirlos en forma crónica.

En lo personal, al enfermarme o presentar algún síntoma, tiendo, en los últimos años, a pensar siempre en el peor diagnóstico; de todos los escenarios posibles asumo que el peor es el más probable. Estamos acostumbrados, en nuestro pensamiento crítico, a considerar todas las posibilidades en los diagnósticos diferenciales, entre los que se encuentra la posibilidad de la patología más severa.

Tal vez, como autoprotección emocional al anticipar un diagnóstico de enfermedad grave, el alivio, suele ser enorme, ante cualquier resultado más benigno. Recuerdo que, ya como estudiante avanzado, al leer los diferentes síndromes en los libros de patología clínica, he sospechado muchas veces que yo presentaba similares características (hipocondría del estudiante de medicina); con el tiempo y mayores conocimientos, esta interpretación se fue superando.

Un aspecto muy importante es la experiencia de haber padecido una enfermedad, lo cual, sin lugar a dudas, tendrá un impacto positivo del médico hacia el paciente. En general éste se vuelve más sensible y más humano.

La experiencia del sufrimiento en carne propia destruye la distancia clínica y los obliga a redescubrir la empatía, a cuestionar el sistema de salud y a reordenar sus prioridades. Quien ha atravesado una enfermedad conoce lo que es tener angustia, miedo, dolor y esperanza, y estas vivencias son intransferibles y no se aprenden en los libros. La literatura clínica sugiere que la enfermedad personal del profesional genera mayor empatía y mejor comunicación.

Sin embargo, esta situación no siempre es automática y no se trata sólo de sentir más compasión, sino poder intervenir con la mayor eficiencia.

Se conocen innumerables historias de galenos de todas las especialidades, incluidos famosos cardiocirujanos, que cuentan cómo les cambio la vida después de cursar una enfermedad grave y recién entonces descubrir que los médicos a menudo entienden la biología de la enfermedad, pero no el verdadero sufrimiento del paciente, además, de comprobar la deshumanización de los sistemas de salud.

La enfermedad, cuando no es un verdugo, termina siendo una gran maestra. La clave para nosotros los médicos, como para todos, ser mejor paciente es cuidar preventivamente nuestra salud; nutrición sana, actividad física, sueño reparador, equilibrio espiritual. Tenemos que predicar con el ejemplo y también aprender a buscar ayuda cuando sea necesario.

Jorge Lowenstein

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CUANDO EL GUARDAPOLVO BLANCO LO VISTE OTRO

Qué pasa en la psique de un médico cuando le toca padecer una enfermedad? Qué pasa en sus pensamientos, qué pasa en sus emociones, qué pasa en su estado anímico? Reacciona y/o acciona al igual que cualquier otro ser humano? 

En su formación, el estudiante de medicina se acerca a la enfermedad en tercera persona (datos, escaneos, patología clínica). Pero al enfermar, la experimenta en primera persona (el dolor, el miedo, la incertidumbre). Pasa del saber al padecer.

Experimenta que es muy fácil cumplir con el requisito científico de la “objetividad” cuando uno está fuera de la experiencia. Pero al ingresar en el campo del padecimiento, la “objetividad” se transforma en algo muy lejano.

Cuando un médico enferma, descubre que la medicina científica, por más avanzada que sea, se queda corta a la hora de atenuar o acompañar la vivencia subjetiva del padecimiento. En formación profesional, se le enseñó a consignar sólo el género, edad,  condición o no de fumador, prepaga,  medicación y  variables de laboratorio. Pero resulta que la angustia, la confusión, el miedo, el pánico o incluso la desesperación no son siquiera consideradas, incluso pueden llegar a ser rechazadas como debilidades no relevantes para un diagnóstico! No interesa su profesión o modo de vida, su estado afectivo o emocional, ni si tiene algún sostén espiritual o comunidad de pertenencia.

La reacción subjetiva ante el estar enfermo cae fuera del ámbito del médico, y por lo tanto éste, al contraer una dolencia, está tan indefenso psicológica y espiritualmente como cualquier otro de aquellos a quienes tuvo que comunicar alguna vez un diagnóstico.

El médico cientificista no ha sido preparado para contener ni acompañar al paciente, por lo tanto, no sabe hacerlo tampoco consigo mismo.

Sin embargo, ser vulnerable forma parte de la condición humana en esta Tierra, y no por conocer los nombres y características de muchas enfermedades queda uno a salvo de ellas. Pareciera que las universidades forman personas para tratar enfermedades, pero no para contener o acompañar enfermos. El enfermo pasa a ser simplemente el “soporte” en el que la enfermedad nombrada en el diagnóstico (nombre de un conjunto de síntomas) se manifiesta, como un sello aplicado sobre la frente del paciente. Y cuando al médico le toca padecerla, cae en la cuenta que el ser humano portador de la misma no recibe ninguna atención; sólo se “atiende” a la enfermedad.

Y de repente, el médico se encuentra encarnando el arquetipo del centauro Quirón, de la mitología griega: el centauro-médico que puede curar a todos menos a sí mismo. La sabiduría de los mitos acude a nuestra ayuda, suministrándonos el símbolo del centauro médico Quirón, cuyo dolor incurable lo llevó a buscar alivio para el dolor de los demás. Muchas veces la labor terapéutica resulta efectiva sólo desde ese lugar de sanador herido, utilizando el conocimiento médico, no como herramienta resolutiva, sino como instrumento subordinado al contacto empático con el otro, el paciente, mi prójimo.

Pues la enfermedad me obliga a confrontar con mi propia muerte, el sufrimiento, la finitud, la vulnerabilidad. El médico convive con éstos a diario, pero en los demás, a menudo ritualizándolos, racionalizándolos, o delegándolos en terceros (las enfermeras/os) para protegerse. Ser el paciente lo obliga a mirar su propia finitud de frente, despojándolo de la «armadura» del guardapolvo blanco. Ese guardapolvo blanco, que a veces funciona como un amuleto inconsciente contra la enfermedad. Ser paciente derriba esa ilusión. El médico comprende que el conocimiento técnico no otorga inmunidad biológica. Y si no cuenta con una cosmovisión espiritual creíble que lo sostenga, cae en la negación, la desesperación o la depresión.

Pero también, como siempre, el sufrimiento puede convertirse en oportunidad de crecimiento personal-espiritual: el médico en situación de paciente puede verse obligado a mirar hacia adentro. Refinar su sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. El «Sanador Herido» entiende que el paciente no busca solo un algoritmo clínico que funcione, sino un testigo compasivo de su dolor. 

Y me gustaría consignar aquí que en las tradiciones chamánicas y de sabiduría antigua, nadie podía ser sanador si no había transitado y sobrevivido a una gran enfermedad o crisis iniciática. La enfermedad propia es la que otorga la verdadera «autoridad espiritual» para pretender sanar y consolar a otros. La patología es vista no como una desgracia biológica, sino como una disolución necesaria del ego para poder acceder a una medicina más profunda.

«Nadie puede llevar a otro más allá de donde él mismo ha llegado. El sanador herido no cura a pesar de su herida, sino gracias a ella, porque su propia experiencia del sufrimiento es el único mapa real que posee para guiar al paciente en su noche oscura.» (Carl Jung)

Ana Jachimowicz

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Daniella Carboni
Daniella Carboni
19 hours ago

Muy interesante el tema planteado, porque pueden surgir tantas perspectivas diferentes según quién la experimente.
Pienso que el médico cuenta con una ventaja por poseer conocimiento sobre el funcionamiento del cuerpo humano y sus patologías. Comprender lo que la ciencia puede ofrecer a su enfermedad. Aunque también podría considerarse una desventaja, porque la ignorancia evita la angustia del saber cuando las expectativas son bajas.
En cuanto al aspecto espiritual de la experiencia de pasar de ser médico a paciente creo que se relaciona más con la manera que se vive la vida y en el momento biológico que acontece.
Suelo ser fatalista al pensar un diagnóstico propio por alguna dolencia o resultado de estudios. Quizás porque son los cuadros que suelo ver en una UTI donde trabajo. Y antes de confirmar o descartar mi supuesta enfermedad, ya estoy pensando en cómo la afrontaré.
Cuando me tocó pasar por cuadros de dolores agudos pensé en otros pacientes con diversas patologías; siempre creo que hay situaciones más insoportables que la propia, y eso me ayuda a soportar.
Y lo mejor de pasar una experiencia de paciente, es poder estar un rato del otro lado del mostrador, observar cómo nos «vemos» los trabajadores de la salud. También para seguir valorando el presente y recordarme que la vida es solo un rato.

Maria Marta
Maria Marta
20 hours ago

me encantó Jorge. claro y revelador. gracias

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