«Dios viene disfrazado hacia ti de tu propia vida.» (Paula d’Arcy)
Esta frase intenta derribar el mito de la separación entre lo sagrado y lo profano.
Solemos imaginar lo divino como algo distante, inalcanzable o reservado para momentos de profunda meditación, revelaciones místicas o espacios sagrados. Pasamos el tiempo «buscando» la trascendencia como si fuera un destino al que hay que llegar. Esta frase nos sacude para decirnos que lo Absoluto no está en otro lado; está tan cerca que lo pasamos por alto.
La verdadera espiritualidad no consiste en escapar de la realidad, sino en habitarla plenamente. La Presencia se manifiesta en lo ordinario: en el asombro ante la Naturaleza, en los vínculos que nos unen, en los desafíos, incluso, aunque no nos guste, en un dolor físico y, silenciosamente, en la biología que nos sostiene.
Todo es lo divino experimentando la finitud.